Y nuestros adultos mayores cuándo

La ancianidad y cuarta edad, hoy, debiera ser una preocupación prioritaria de nuestra sociedad.


Qué triste es vivir en soledad la última etapa de la existencia humana, abandonados a la deriva, empobrecidos, muchas veces enfermos y lastimados, anclados en un pasado que quizás fue hermoso y en esplendor, cuando embestían los problemas, conflictos y dificultades con coraje, decisión y desafío; pero hoy, de aquello, poco y nada queda, sólo el recuerdo grato grabado a fuego en una memoria histórica del pasado.

La ancianidad y cuarta edad, hoy, debiera ser una preocupación prioritaria de nuestra sociedad. No se puede permitir una paupérrima calidad de vida para aquellos que entregaron todo su empuje de la vida adulta para construir este mundo que, hoy, es nuestro hogar, aquellos que criaron hijos en la certeza de un mejor porvenir regalando educación y cuidado por los pequeños seres que fueran responsable de la humanidad en la nueva generación.

La agenda social y política tiene un diagnóstico acabado de la población de adultos mayores en Chile, de sus necesidades más sentidas, del abandono reiterado de que son víctima, de la precaria condición económica en la última etapa de la existencia, una constatación, inequívoca, del flagelo que significa recibir una escasa jubilación que se intenta justificar, pero que no tiene sustento lógico para nosotros, el común de los mortales, quienes esperaríamos una jubilación digna, más aún, al tanto de la definición conceptual del concepto: Época de Júbilo, que dista mucho de la realidad concreta de cada vez más abuelitos en necesidad imperiosa y vital. Todo aquello en el ámbito económico, soporte del sustento diario y condición de vida. ¿Por qué, cerrar los ojos ante el dolor y injusticia a que se ven enfrentados en la penumbra del último tiempo en la vida? ¿Cuánta cruda realidad nos abofetea en escarnio, pues olvidamos la sabiduría inmensa que guarda la experiencia de los adultos mayores? Detengamos el paso, asumamos alerta, tenemos algo por hacer y las vueltas de la vida puede cobrarnos un alto precio.

Debo acusar mi pecado, que el trajín cotidiano del hacer, día tras día, limita el tiempo y no estoy presente en casa de mis padres como me gustaría hacerlo, pero los medios tecnológicos del tiempo moderno permiten mitigar, en parte, la ausencia en el hogar que te vio nacer con aquellos que me enseñaron las primeras palabras, aquellos que me regalaron valores fundamentales para respetar al prójimo y amar este mundo como nuestra casa y la casa de todos…Que dijeron ¡No! Con meritorio argumento cuando la equivocación era evidente y sin justificación, que abrieron surcos en la tierra y sembraron la semilla del encuentro y la caridad, que acompañaron, con afecto y cuidado lastimero en la enfermedad, quienes facilitaron la educación, en búsqueda constante, de un futuro mejor cuando el niño, en su desafío personal, quiere descubrir el horizonte, más allá, de la realidad concreta del pequeño espacio que se respiraba en Retiro de finales del siglo XX. Simplemente, gracias papá y mamá.

Entonces, acompañar a nuestros adultos mayores es otra tarea prioritaria, no podemos permitirnos que, durante el gélido frío del otoño, mueran a la intemperie y sólo nos preocupemos de estar informados: Cuántos han muerto durante este año y realicemos una estadística, comparativa, con el año anterior. Matemáticas, sólo matemáticas y estadística general. Detrás de aquella cruda realidad, existen hijos y familiares cercanos, existe un prójimo, quienes al amparo de la fe cristiana defieran ser resguardo y protección, debieran ser acompañante fiel y presente para acompañar, junto a un vaso de leche tibia, a los tatas para aquellos quienes por virtud, disfrutamos, aún de su presencia.

La vida, durante la ruleta del desvencije, nos conduce, a paso regular e imperecedero a la misma condición y anhelamos, la dulce compañía de nuestros hijos en una palabra de afecto y una conversación distendida y plácida sin la vorágine a que nos tiene acostumbrados este nuevo siglo.

Gracias por todo lo hecho, gracias por la sociedad que disfrutamos, aunque entre acierto y error, se construye la sociedad de esta era y la aldea global que nos pertenece. El amor puede abrir fronteras, viajar a distancias siderales, pero debemos hacerlo carne, en el aquí y ahora del presente continuo que nos corresponde vivir.

A los abuelitos, con cariño y respeto, por todo lo hecho y lo que falta por hacer en este mundo convulsionado y la vorágine del nuevo siglo.

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