Y Jesús se hizo hombre y habitó entre nosotros

Cuando vivimos Semana Santa, el pueblo cristiano devuelve la mirada hacia Cristo Jesús, Hijo de Dios quien dona su vida para salvación de la humanidad.


Si nos remitimos sólo a la historia, existe acuerdo, sobre la presencia de Cristo predicando por toda Galilea, invitando a vivir el amor como conducta fundamental, a guardar la ley de Moisés y agregando al primer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Jesús reunió una comunidad de discípulos de entre los más humilde de aquella sociedad, durante tres años les enseñó la palabra de Dios, a compartir como hermanos, a practicar las virtudes teologales, hacer el bien y a preparar, en esta tierra, una vida plena después de la muerte en el paraíso del Padre Dios.

En el mundo moderno, la enseñanza de Jesús, aún mantiene vigente su valor, la enseñanza cristiana ha trascendido en el tiempo, se actualiza a diario, responde a las necesidades de un mundo globalizado, una sociedad tecnológica que invade cada rincón del planeta bajo el amparo del individualismo, el poder y el libre mercado: Jesús nos enseñó a perdonar, a ser fieles testigo de fe, a buscar la concordia y la armonía, a practicar el respeto por el otro, a demostrar que somos la especie superior del reino animal y como tal, no es prudente ni sabio contaminar nuestro medio ambiente, invadir los territorios de especies que están en peligro de extinción, mitigar la emanación de gases de efecto invernadero, no derrochar el agua, distribuir de manera solidaria el alimento para que cada persona disponga de lo necesario para vivir.

Quisiera que la humanidad aceptará la propuesta de Jesús, que pudiésemos convivir en paz, que abandonáramos la competencia despiadada entre unos y otros, que fuéramos por la vida donando alegría, ayudar al más necesitado, ser apóstoles y discípulos del Señor, dejar la desidia, ser pacientes, humildes y caritativos, cumplir con nuestras obligaciones y quehaceres, elegir el camino del bien y aguardar la vida eterna en el Reino de Dios.

Quienes profesamos la fe cristiana tenemos una misión y tarea: Ir por todo el mundo y predicar la palabra de Dios, atender a las necesidades imperiosas de una sociedad en descrédito que clama a gritos por un tiempo mejor y una mejor y sana convivencia.

En esta Semana santa que estamos viviendo, debemos asumir la misericordia, hacer carne la predica del Cristo Jesús, practicar la oración, leer la palabra de Dios, asumir una conducta y modo de vida de acuerdo a los valores trascendentes que enseña la religión, asistir al templo y velar por el bien común.

Escuchar el mensaje de amor y paz que se debe replicar por todas partes, que la palabra no se quede en letra muerta, que nuestros niños y niñas aprendan, en la práctica de fe cotidiana, el credo apostólico que resguarda y protege la iglesia. Somos un pueblo que camina, que anhela la redención, que se hace eco de la primera comunidad cristiana, quienes debieron asumir la persecución, la tortura y la muerte por ser fieles misioneros del mensaje cristiano.

Hoy, asistimos al mundo de lo desechable, a la falta de comunicación, a la ira despiadada, a la guerra, envidia y descontrol, una sociedad que se deja llevar por la drogadicción, el alcoholismo y la delincuencia, que privilegia antivalores, que privilegia el dinero y el poder antes que la caridad y solidaridad; un planeta que transita hacia el caos y la destrucción, sino no hacemos algo; entonces, la predica cristiana asume sentido en la búsqueda de la trascendencia, el admirar la vida con los ojos del encuentro y la convivencia comunitaria en concordia, mitigar el sufrimiento del anciano desvalido, los postergados y minusválidos, de los niños abandonados, mendigos y huérfanos.

Estimados amigos, vivamos esta Semana Santa como una oportunidad de reencuentro con el Padre Dios, que la vida sea asumida como un premio ante el sacrificio del diario existir y al igual que las primeras comunidades cristianas, poner el amor en el centro medular de nuestra vida sobre la tierra en la certeza de encontrarnos en el Paraíso de Dios después de la muerte.

A Cristo Jesús del madero debemos volcar nuestra creencia, pero como liberación, pues Él, al tercer día, resucita de entre los muertos y se dirige a la diestra del Padre Dios, es Él el cordero manso y humilde sentenciado al sacrificio más sublime que es dar y donar la vida por sus hermanos.

Démonos un tiempo para la reflexión, reconozcamos nuestro errores y pecado, confesemos la culpa, demostremos arrepentimiento y el fiel compromiso de no volver a pecar.

Que esta Semana Santa sea tiempo de espera y vigilia, de oración y fe para aceptar que Jesús se hizo hombre y habitó entre nosotros.

A %d blogueros les gusta esto: