Una canción de esperanza se asoma en nuestras ventanas. Un rayo de sol nos visita cada día. Un pedazo de luz nos invita a abrir nuestros ojos para ver cada día distinto…Nada nuevo bajo el sol, solo que cada mañana es diferente…


Una canción de esperanza se asoma en nuestras ventanas. Un rayo de sol nos visita cada día. Un pedazo de luz nos invita a abrir nuestros ojos para ver cada día distinto…Nada nuevo bajo el sol, solo que cada mañana es diferente…

Otro día y otro día… y luego llegará otro… Todo parece tan rutinario, tan repetido… Es el ciclo de la vida… Quizás si los seres humanos nos dimos cuenta de ello cuando se inventó el calendario, cuando los exactos números nos comenzaron a recordar que cada uno de nosotros empezó a morir desde el mismo instante de nuestro nacimiento y que cada uno envejecerá de manera inexorable…

Todo nace y se termina. Es una ley natural que nadie puede alterar, solo Dios con su mensaje de Vida Eterna puede variar esta cíclica sentencia.

Ahí está la belleza de nuestras vidas, la hermosura de nuestra existencia. Así lo entendieron quienes ya no están a nuestro lado, quienes ya partieron para mezclarse allá arriba con las eternas constelaciones, con las imperturbables estrellas que desde el inicio del Universo pestañean sin cesar para recordarnos lo pequeño de nuestra humana vida.

Solo estamos sobre la Tierra para continuar un plan que algún día se inició. Solo somos parte de una cadena de vida que continuará por siempre, con nosotros o en nuestra ausencia. Doble misterio: somos de un tremendo valor y, a la vez, casi no significamos nada. Las dos cosas al mismo tiempo: somos parte del tiempo, de nuestro tiempo, tiempo compartido entre éxitos y fracasos, entre penas y alegrías, que tarde o temprano serán cubiertas con el suave manto del silencio.

¡Entonces otro día es otra oportunidad para alcanzar la felicidad, aquella que está al final del camino, de nuestro camino!

Y en nuestro tránsito terrenal, solo una cosa nos hará recordables y trascendentes: es la semilla que hemos sembrado, semilla esperanzada o semilla del desencanto…

Ese es nuestro destino: andar y andar en la huella para soñar con los ojos fijos en las estrellas… Somos humildes labradores de nuestro propio tiempo, como lo hicieron nuestras anteriores generaciones… Manos abiertas, ojos expectantes: así somos, ansiosos de atrapar un trozo de tiempo que cada año se nos va como el agua entre los dedos.

Entonces, que cada día nos entregue la serena convicción de saber que pasaremos por este tiempo buscando la verdad y la bondad en cada uno de quienes nos rodean, tomando de las constelaciones la energía celestial que nos proyecte hacia la trascendencia.

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