Palabras a la medianoche: Un leve suspiro

Hoy escribo, desprendiendo el alma, vistiendo mis mejores atuendos, regalando un verso frágil que se hace compromiso en tu nombre y estatura…


Abrir las puestas y ventanas para que pase el hombre construyendo el futuro de mi pueblo, aquí donde la tierra se convierte en madre y maestra, cuando el hombre escarba sus entrañas para encontrar el germen de la vida cuando la semilla produce el fruto y la multiplicación del pan alcanza cada mesa.

Tierra de agricultores, de labriegos que no descansan, que se imponen al calor abrazador del sol mientras es verano en el sur del mundo y el agua escasea, vital elemento que debe regar cada huerto y cada surco.

Quisiera ser la mano diestra que amansa la voluntad del potro cabrío, noche serena en la que el canto del grillo interrumpe la quietud, cuando las golondrinas aparecen fugaces en el cielo y el amigo y confidente reclama su turno para acompañar la paz de quien viaja a otra dimensión en la tierra del Supremo Hacedor. Somos un fugaz resplandor en el cielo, un minúscula porción de universo que se hace conciencia y sabiduría en el hermano que sufre la desventura del abandono. Somos la luz, que vigía aguarda tiempos mejores para todos, para el minusválido y desamparado en la sociedad moderna de la técnica y el conocimiento, donde cada quien busca un sitial en el cual descansar su cuerpo cansado.

Ven hermano, acompaña mi sendero, sé la lumbre de la fogata, el faro del marinero, la comparsa de aquel quien sufre el abandono y la nostalgia, de seguro, en algún recodo del camino, vendrá la novia vestida de blanco a casarse son la noche oscura o en la aurora clara del sur del mundo.

Esperaré, tendido y quieto mi destino, seré la comparsa para el viajero, el anillo de compromiso para alcanzar juntos el aprecio del espíritu trascendente más allá de mi pequeño y vulgar conocimiento, una lámpara encendida que ilumina mi camino, una fogata que no se apaga pues aguarda el mejor destino.

Hermano, somos tierra, herederos del futuro, caminantes incansables, peregrinos; una creación divina que aguarda trascendencia en un espacio desconocido.

Coge mi mano, elige mi destino para encontrarnos, para ser absoluto y verdad suprema, una porción de humanidad que descansa en el abrazo de la noche cuando los perros aúllan desprevenidos y el ladrón atisba su golpe combativo.

La mañana, viene a iluminar el huerto de los olivos, a tomar prisionero al único hijo para regar su sangre a los cuatro puntos cardinales del genocidio.

Hoy, la guerra se convierte en ira permanente, el hermano desconoce a su hermano, la noche se oculta del sol, pues no existe más allá del cálido suspiro que en la oración viene a dormir conmigo.

Te desafío y te advierto, no hay descanso para mi muerte lejos de mis hijos, soy una porción de voz que reclama por el camino, que busca acuerdo en la confianza y el delirio, dejo mis pétalos de cariño prendidos a la falda de mi amada, guardaré las piedras preciosas que aún no disponen su brillo, un sendero de agua cristalina que inunda la comarca para producir flores y arbustos como sólo pueden reclamar aquellos que descienden al océano en el delirio.

Te nombro princesa de los mares, navío frágil que enfrenta el precipicio y duerme de costado para evitar el frío, una fiesta de colores aún lado del camino, dispuesta y protegida para encomendar a su crío.

Frágil y delicada como naranja madura, como arrepentimiento y perdón, como efigie descomunal que se encumbra sobre mis montañas, más allá de las nubes, allí donde el hijo despide un suspiro. Te buscaré por todas partes, escribiré tu nombre sobre la tierra y te llamaré heredera del viento, huracán y llovizna, una partícula de cielo oculta en un almendra.

Hoy escribo, desprendiendo el alma, vistiendo mis mejores atuendos, regalando un verso frágil que se hace compromiso en tu nombre y estatura, patria, mi pedazo de tierra y porción de continente, el gran paraíso dado en gracia en el punto más al sur de todas partes, donde el hielo se hace blanco radiante y agua concebida.

Cuando la hermana muerte se apiade en mi desventura, cuando sólo sea un recuerdo apenas escrito sobre arena, de seguro, alguien, dejará una flor sobre mi tumba y entonces volveré a ser tierra, la misma que me vio nacer, cubrirme de palabras y escarchar el agua temprano en la mañana.

Gracias por tu atención, por remedar mis versos mal escritos, por escuchar el ruego de mis palabras y la armonía de estar contigo.

Descansa, quizás mañana, volveremos a encontrarnos por el camino y juntos seremos muchos los que aguardamos un mejor destino.

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