Mundos desconocidos en plenitud y confianza

Nuestra imaginación alcanza lo imposible, este mundo real, en el cual habitamos, se presupone a la creatividad, a la posibilidad de construir espacios inhabitados más allá de la comprensión certera de nuestro intelecto.


Escuchar el silencio, mirar el aire, construir una barca con papel de diario, encontrar el tesoro al final del arcoíris, encender el cielo, apagar la luna, caminar descalzo sobre arena blanca, cruzar el océano en una balsa, escribir una novela infinita, imaginar la lluvia en pleno verano, escuchar el llanto dormido de quienes ya partieron de esta tierra, viajar a nebulosas lejanas, construir un agujero negro desde el dormitorio, traspasar el plano real para alcanzar otras dimensiones. Parecen sueños, la lógica humana no le permite, pero nuestra imaginación alcanza lo imposible, este mundo real, en el cual habitamos, se presupone a la creatividad, a la posibilidad de construir espacios inhabitados más allá de la comprensión certera de nuestro intelecto.

Aquí y ahora nos pertenece, viajeros navegantes en el universo inconmensurable dotados de imaginación y creatividad, dueños del conocimiento, de sabidurías ancestrales, del tiempo relativo, de la posibilidad de trascender, del encuentro en otra dimensión más allá de este plano conocido, acertando pasos literales ante la consciencia de lo real que comprenden nuestros sentidos.

Por tal, les invito y comprometo en un viaje a lo desconocido, al cielo infinito que nos sorprende, a la posibilidad de existencia en otros mundos, quizá, cargando dudas y pesares, dominios incógnitos, paz y armonía, quietud y calma en una noche de luna llena después de la muerte, certeza absoluta que nos convoca a todos y cada uno sin saber el cuándo, el cómo y el por qué, pero de ocurrencia segura, impostergable.

Me regocijo en la fragilidad de la vida humana, pues ella nos conduce al final de la historia personal, asumo la convicción de mi paso fugaz por este reino, aquí donde luchamos por sobrevivir sobre selvas de cemento, escapando de ruido ensordecedor de la metrópolis para albergarse junto al lago en el campo traviesa donde la mirada se extiende sobre la llanura entre siembras y arboledas, animales de diferente especie, aves multicolor, aire puro y limpio, agua recién cuajada en las nubes, el edén puesto sobre esta tierra para admirar con fresco espíritu aventurero.

Es tiempo de mirar tras el horizonte, es tiempo de escuchar la voz de Dios en cada rincón del planeta cuando invita y convoca, a reconocer que alguien más allá de este plano dirige el curso de los acontecimientos, de todo lo creado frente a nuestros ojos, de la posibilidad cierta de un mundo futuro en otra dimensión de la cual no tenemos conocimiento cabal y que puede proyectarnos a un tiempo futuro pleno.

La felicidad no se encuentra completa en esta vida, debemos aprender a ser felices, disfrutar con nuestra realidad, proyectar cada acción y tarea como una bendición que nos permite caminar entre el bullicio del tránsito permanente, noche tras noche, segundo a segundo, admirarnos ante la naturaleza que rodea cada espacio habitado del planeta, aceptar el mundo que nos correspondió habitar, estar seguros de la razón y función de la existencia cotidiana.

A veces, nuestra queja se repite día a día, nos cuesta estar conforme con la realidad que nos corresponde vivir, no aceptamos la suerte que nos toca en gracia, damos paso a la envidia y a la disconformidad, aquello que nos guastaría, pero no es, aquello que anhelamos con furia en nuestro interior pero que no ocurre.

Vendrán tiempos de luz entre la oscuridad de la cerrazón en el aguacero de invierno, a escuchar los estornudos del espacio cuando truenos y relámpagos inundan la faz de la tierra, a esperar la muerte en confianza y plenitud para ser llevados más allá de las estrellas a vivir, eternamente, sin dificultad ni premura.

Dejemos que las palabras transiten hacia a Dios, que la oración sea escuchada, que los buenos deseos se nos repliquen para alcanzar la plenitud.

Reposemos en la sonrisa de un niño dormido, en el beso cálido de la amada, en el balbuceo de las primeras palabras, en aquellos pasos delicados del infante y en su conocimiento limitado de la realidad donde le correspondió vivir.

Todos tenemos un objetivo de vida, todos tenemos algo qué hacer, sólo nos aguarda la posibilidad de entender aquello que ocurre a nuestro lado para viajar a mundos desconocidos en plenitud y confianza, siempre habrá un algo por hacer y un plan de Dios para nuestra existencia.

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