La ciudad nos cobija y resguarda, la ciudad no descansa y el ser humano aún tiene mucho por hacer sobre su faz.

La niebla invade la partes bajas de mi ciudad, el tránsito, en ciertas ocasiones, se transforma en caos, la rutina de todos se valida en el encuentro fortuito con el otro, anhelamos viajar por senderos escondidos y secretos, queremos aprovechar la vigilia para concentrarnos en el hacer cotidiano de las tareas asignadas según nuestra condición: Los niños y jóvenes a estudiar, los adultos al mundo del trabajo y nuestros adultos mayores a descansar después de una vida laboral extensa; entonces, transitamos la ciudad, jugamos al encuentro, al diálogo inmediato, a la sonrisa leve, al compromiso de ser parte de una sociedad agrupada en torno a la ciudad.

Las ciudades crecen y se desarrollar, algunas son, extremadamente, longevas; otras celebran la juventud, algunas suman una tremenda población otras escasos habitantes, se iluminan en la noche con luz artificial, agrupan centros comerciales, escuelas, iglesias y comisarias, alzan edificios tan altos que puede verse el paraíso a sólo un tranco, allí en la nebulosa más cercana

El invierno acompaña nuestra existencia en este sitio alejado del mundo, suenan las sirenas indicando emergencia, la nostalgia parece recurrente en esta época del año, las nuevas generaciones desafían normas, reglas y postulados, desean obtener espacios sociales de expresión, pintan las murallas en la ciudad, dejan su huella y marca, reducen la comunicación al chat virtual desprotegiendo el diálogo presente en vivo y en directo, el compartir leyendas y cuentos fantásticos a la sombra de un árbol añoso y una fogata encendida que entibia el ambiente.

Nómade en la ciudad buscando pleitos y resoluciones, desprotegiendo al desvalido y minusválido, jugando a ser pequeños dioses en el barrio donde habito, despreciando al próximo que transita en nuestro sendero, eligiendo un rumbo fijo y determinado, una bitácora específica que fije nuestro andar sobre esta tierra seguros ante el hacer de otros en distintos escenarios del saber, aquellos compañeros de ruta, elegidos en el azar de muchos otros que no se permiten claudicar ante los semáforos en descontrol en la ciudad, todo es digital, todo se reúne en dualidades opuestas: Sur y norte, ayer o mañana, dulce y agrio o enojo y felicidad, siempre los opuestos construyen la historia, el hacer del hombre nos regala convicción y certeza de ir por buen sendero hacia la plenitud del ser único e indivisible que aspira al más allá de aquí y ahora en el tiempo presente, única realidad concreta que podemos cuantificar.

En rigor quisiéramos leer la mente, asumir la telepatía, anunciar el destino de la humanidad en una profecía certera, viajar a parajes lejanos con sólo parpadear los ojos, conectar nuestro cerebro a una computadora monumental para reconstruir la realidad presente en este mundo real y concreto del hoy y ahora, mañana puede ser el día en el cual construyamos una mejor sociedad que resguarda al universo comprimido en un pequeño globo de cumpleaños, la ciudad, a ratos, parece errar el rumbo y destino, pero todo tiene una razón de ser y por tal ocurrirá en algún instante de tiempo presente de la humanidad. Vamos por la vida siendo inquisitivos, cuestionemos el ocurrir de los acontecimientos, estemos alerta ante las propuestas de la convivencia en comunidad de hermanos, aquel recolector nómade que fue poblando el planeta en una experiencia de ensayo y error cotidiano, postulando teorías, conclusiones o tesis válidas, el resumen del genio humano que avanza constante hacia el desarrollo y bienestar de la sociedad moderna.

La ciudad nos cobija y resguarda, la ciudad no descansa y el ser humano aún tiene mucho por hacer sobre su faz.

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