Las Hermanitas de la Paz y el tío permanente

Las monjas no eran inconscientes sobre algunas de las prácticas delictuales de la secta. El Obispo Carlos Camus – valiente defensor de los derechos humanos – sabía muy bien que la Colonia había sido un recinto de detención y tortura para cientos de disidentes de la dictadura militar.

El escándalo en la comunidad fue enorme.  Se decía que las queridas religiosas de la Fraternidad Contemplativa Hermanitas de Nuestra Señora de la Paz que atendían la capilla del sector San Manuel realizaban orgias. Sigilosamente circulaban fotografías con las religiosas desnudas y misteriosas sombras bailando a su alrededor. Los rumores crecían y provocaban dolor. ¡Era de no creerlo! ¡Y estaba involucrada la hermana del obispo Carlos Camus, la Hermana Paulina Camus,  que además era la Superiora de la Comunidad!

Lo que no sabían los campesinos y pequeños productores de ese hermoso valle regado por el Perquilauquén, en la pre cordillera de Parral, era que sus misteriosos vecinos de Colonia Dignidad poseían un completo laboratorio fotográfico y audiovisual que les permitía trucar fotografías y videos, vigilar todo el perímetro de su enorme predio y fotografiar a larga distancia a los vehículos que se acercaban al recinto. Y que la operación era parte de una campaña de Paul Schäfer y la secta para alejar a las monjas de su reino privado de cercas y alambradas.

La comunidad de religiosas conocidas como “Hermanitas de la Paz” se había instalado en ese sector aislado para acompañar a los campesinos y las familias. Eran parte de una gran corriente cristiana que buscaba compartir la vida con los más vulnerables desde la sencillez y la oración.

Las fotografías trucadas y la intensa campaña desarrollada por años por la poderosa secta culminó con el incendio de la casa de las religiosas y la orden superior de abandonar el lugar ante el peligro de perder la vida.

¡Una vez más Schäfer lo había logrado!

LA HERMANA ESTER DE LA TRINIDAD 

Una fría tarde de invierno viajé a la comuna de Retiro para conversar con la hermana Ester de la Trinidad. Ella había sido parte de esa comunidad religiosa que resistió la perversidad de Schäfer y sus acólitos. Estaba dedicada a cuidar a su madre por lo que residía temporalmente en la casa materna. Así pude conocer de una protagonista de la increíble historia de la comunidad religiosa perseguida por Schäfer.

Corría el año 1980 y la hermana Ester junto a las religiosas María de los Angeles Velarde y Paulina Camus se instalaron en una pequeña vivienda al costado de la Capilla del fundo San Manuel. El terreno había sido donado por su dueño al Obispado de Linares.

La propiedad de unas 10 hectáreas estaba ubicada muy cerca del ex fundo El Lavadero donde la enigmática Colonia Dignidad escondía sus secretos: pedofilia, separación de las familias, golpizas, psicofármacos y torturas, solo por nombrar algunos de sus delitos.

Las monjas no eran inconscientes sobre algunas de las prácticas delictuales de la secta. El Obispo Carlos Camus – valiente defensor de los derechos humanos – sabía muy bien que la Colonia había sido un recinto de detención y tortura para cientos de disidentes de la dictadura militar.  

Durante un año las Hermanas atendieron sin problemas las necesidades espirituales del sector, acompañando a las familias y recibiendo la visita periódica de sacerdotes y del obispo. En 1982 escucharon rumores de que el fundo San Manuel había sido comprado por los misteriosos alemanes liderados por Schäfer al agricultor Cornelio Saavedra.

El Obispado no había podido legalizar la propiedad que ocupaba desde hacía 30 años porque existían medidas judiciales que lo impedían. Tampoco podía ser vendida a otros. Y el antiguo dueño les aseguró que los alemanes respetarían el terreno y la Capilla donada a la Iglesia.

La Hermana Ester recuerda que en sus oraciones la comunidad rezaba por las necesidades de todos los vecinos y especialmente por “esos pobres alemanes víctimas de la guerra”.

OPERACIÓN EXPULSIÓN

Un día se acercó una persona en un vehículo con vidrios polarizados. Era Schäfer. La hermana Paulina intentó hablarle, pero él se negó a dialogar. Unos días después los colonos arrancaron todas las cercas y desapareció el rebaño de “cabritas” de la Comunidad. Después usaron maquinaria y arrancaron todos los arbustos. La “Operación Expulsión” había comenzado. Desde ese día la vida de las religiosas se convirtió en un infierno. Con el tiempo la provocación y el acoso de los alemanes fueron subiendo de tono. Jamás alguno de ellos se acercó a dialogar con las monjas. En 1983 el Obispo Camus denunció que las religiosas estaban siendo hostilizadas.

“Una noche en que estábamos haciendo oración sentimos un gran ruido. Habían destruido el depósito para el agua”, narra la religiosa. Después destruyeron la única vertiente, tapándola con troncos.

Eran tres mujeres solas contra un enclave acusado de colaborar con la DINA en la tortura y el asesinato de personas. En el sector se respiraba el miedo. Los días que celebraban misa las familias del sector les llevaban agua en botellas. En la semana las botellas con agua las transportaban los niños que estudiaban en la escuela cercana. Era la pobreza de la fe contra el poder de Schäfer que gozaba de dominación absoluta sobre sus seguidores y contaba con el apoyo de los Estados de Chile y Alemania.

Los amedrentamientos fueron subiendo en violencia e intensidad. Los alemanes instalaron una cabaña cerca, desde donde las espiaban.

Sin perder la esperanza y a pesar del temor, la hermana Paulina los saludaba todas las mañanas. Por la noche las iluminaban con focos y hacían disparos cerca de las ventanas. De día las fotografiaban.

“Por un sacerdote de Parral nos enteramos que habían hecho unos montajes en que nos mostraban desnudas. Y exponían las fotografías y videos en algunos colegios diciendo que éramos falsas monjas”, dice la Hermana Ester. 

Hacemos un alto. Esta conmovida y los aciagos recuerdos de esos días la han alterado. Imagino el terror de esas noches en medio del campo, expuestas a la perversidad de un líder corrupto y sádico, como era Schäfer. 

Sobre las palizas, torturas y crímenes que se cometían en Colonia Dignidad, donde se había naturalizado el abuso de menores y el secuestro de niños chilenos para ser esclavizados, hay suficiente evidencia en Tribunales y testimonios de víctimas. Los pocos colonos que habían logrado huir lo habían denunciado, sin que ningún órgano del poder ejecutivo o judicial investigara. La complicidad del sistema judicial con las políticas represivas de esos años hacía imposible toda indagación.

La Colonia acusó a las tres religiosas de ocupación ilegal del terreno. Y por supuesto los tribunales les dieron la razón. Si no pagaban los costos del juicio, irían presas.

Los recuerdos estremecen a la hermana Ester y unas lágrimas se derraman en silencio por su noble rostro. Recuerda que “como los alemanes habían destruido el camino hacia la casa, cuando llovía nos enterrábamos en el barro”.

Las personas del lugar comenzaron a decirles que se fueran porque los agresivos colonos las podían matar. La hermana comenta que “los jóvenes de la comunidad fueron muy valientes y nos acompañaron hasta el final”.

A pesar de todas las provocaciones y obstáculos, resistieron.

EL GOLPE FINAL

El 21 de junio de 1983 la casa se incendió. Ante la emergencia se refugiaron con algunas frazadas en la Capilla. Un profesor de la escuela les dijo que el fuego había sido provocado por los discípulos de Schäfer.

Frente al temor de que abandonaran el lugar, Don Abdon, uno de los lugareños encaró a la hermana Paulina durante una liturgia.

– ¿Tiene miedo pastora?, le dijo, si le falta pan, le traigo pan, si le falta agua, le traigo agua.

Era la fe y la solidaridad contra la persecución, la mentira, la perversión.

Unos días después dos campesinos afanaban en la construcción de un nuevo pozo negro, pero llegaron algunos colonos y los amenazaron. Se asustaron y abandonaron el trabajo.

La hermana Ester cuenta que por esos días “un periodista francés trabajaba en un documental para la TV de su país, pero el último día los colonos lo persiguieron. Trato de huir y en el camino lo detuvieron los carabineros y le quitaron todo el material. Afortunadamente logró llegar a Santiago y regresar a su patria”.

El obispado les informó que habían perdido las apelaciones judiciales. El Seremi de salud del Maule, funcionario de confianza de la dictadura militar las visitó y les aconsejó irse del lugar antes que las “envenenaran”.

La presión de Schäfer y sus cómplices aumentó. Distribuyeron panfletos tratándolas de “monjas rojas pagadas por el marxismo internacional” y que si no se iban “correría sangre”.

Con dolor, cansadas y sintiendo que abandonaban a su rebaño, tomaron la difícil decisión de trasladarse a otro lugar.

La hermana Ester, emocionada, todavía parece no creer lo que me cuenta. Sin duda aún no ha logrado superar esa huida forzada por la perversidad de Schäfer y los jerarcas.

Realizaron una liturgia final. Abrazaron a todos los vecinos que asistieron. Nunca pensaron que serían obligadas a abandonar su misión junto a los más pobres y abandonados.

Teníamos que irnos, dejar a nuestros vecinos, abandonar la comunidad. Fue como desertar. Sacamos algunos candelabros e imágenes de la Capilla y cargamos una camioneta. Estábamos rodeadas por los colonos que gritaban amenazantes. Entonces nos acusaron de robo. Llegaron los carabineros. Uno de ellos, temblando, habló con la hermana Paulina y le rogó que devolviéramos todo o iba a perder su trabajo”, rememora.

No pudieron llevarse nada.

Colonia Dignidad era parte del aparato represivo de la dictadura por lo que gozaba de todo el apoyo y la complicidad de los gobernantes. Como recuerda el abogado Hernán Fernández, quien  enfrentaría en Tribunales a la secta años después, logrando finalmente la captura de Schäfer en Argentina, la Colonia tenía fama de “salirse siempre con la suya”.

NUNCA PUDIERON VOLVER

Ya reubicadas lejos del enclave las hermanas siguieron visitando de vez en cuando a las familias chilenas que aún no vendían sus parcelas. Colonia Dignidad seguía creciendo, comprando fundos y parcelas, amenazando, traficando armas, evadiendo impuestos, hasta llegar a acumular 17 mil hectáreas. 

La Hermana Ester recuerda que el ex Intendente de Linares Héctor Taricco, que había sido sacado de su cargo por enfrentar a los colonos les ofreció un terreno cercano, pero la promesa nunca prosperó.

No regresaron.

Tendrían que pasar casi quince años para que un juez de Parral acogiera las denuncias de una veintena de niños y madres que acusaban a Schäfer de abusos deshonestos y violación. Fue el inicio del largo y doloroso camino de la verdad. Se descubrieron enormes arsenales y más de 46 mil fichas del aparato de inteligencia y espionaje de Colonia Dignidad. Entre ellas 300 fichas sobre la comunidad religiosa “Hermanitas de la Paz”.

La justicia fue a medias. La mayoría de los Jerarcas del enclave huyeron a Alemania. 

Y el discurso oficial de los colonos es que el único responsable de los crímenes fue Schäfer. No ha habido reparaciones a las víctimas. Varias querellas duermen en los tribunales. 

Ahora sabemos cuánto ocultaba el Tío Permanente.

Una semana después de esa entrevista regresé a visitar a la hermana Ester, esta vez con un equipo de TV. Su testimonio está disponible en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

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