La  muerte no tiene distinción de ninguna especie, nos encuentra a todos en igualdad de condiciones, cuando llegamos a este mundo vinimos sin nada y desvalidos y cuando nos corresponde partir dejamos aquí todo bien para dirigirnos desprovistos hacia el otro reino en el paraíso del cielo.

    El dolor debe ser asumido, la tristeza nos parte el corazón, la distancia pareciera eterna, la incertidumbre nos abraza con un manto de desazón, reconocer la partida de un ser querido es un instante de nostalgia que, a cualquiera, abate y destruye; pero entre tanto, para quienes somos cristianos admiramos la luz de una resurrección después de la muerte, el encuentro absoluto en el paraíso de Dios.

    Cada cierto tiempo, la muerte cercana nos visita, es una condición normal de la vida sobre la tierra, el después de cada uno, este tránsito pasajero por la aldea global, estamos de paso y aseguramos un futuro eterno pleno de felicidad y encuentro;  la  muerte no tiene distinción de ninguna especie, nos encuentra a todos en igualdad de condiciones, cuando llegamos a este mundo vinimos sin nada y desvalidos y cuando nos corresponde partir dejamos aquí todo bien para dirigirnos desprovistos hacia el otro reino en el paraíso del cielo.

    No es necesario ir por la vida despreocupados sin atender la posibilidad cierta del encuentro después de la muerte, debemos resguardar la posible resurrección en el Reino de Dios, prepararnos para el juicio definitivo y acumular buenas obras que nos rediman.

    No debemos cultivar miedo ante la muerte, no debemos acaparar bienes materiales, no debemos vivir en función del acto final en la vida; todo está dado por las leyes trascendentes del universo en el cual habitamos, la paciencia debe ser una virtud, la empatía y ponerse en el lugar del otro, una sana obligación, entender y apreciar al semejante un valor sublime, pues habitamos en comunidad y como tal, debemos entrar en comunión total unos con otros para hacer grande a este territorio inmenso que nos ofrece la existencia.

    El amor nos regala el amparo, la fidelidad una oportunidad de trascendencia en una existencia humana que busca el encuentro con el otro; es lógico vivir la tristeza en la despedida definitiva, pero, más allá del todo, volvemos a ser parte de una cadena que nos hermana a unos con otros.

    Hoy, deseo despedir a la madre de una amiga querida, estimada Elena Maldonado, que la resignación alcance para dar quietud a tu espíritu asegurando un después; así mismo, mi saludo para toda la familia y que tu madre descanse en paz. Qué, el amén hacia el cielo sea un acto de voluntad plena en la certeza del encuentro en otro mundo, perfecto y en equilibrio.

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