Vida y muerte: Un niño nacido en Belén

Vida y muerte se hermanan, principio y final de una existencia, si otorgamos valor a una vida eterna, podremos alcanzar parte de la plenitud ofrecida por Cristo Jesús.


El tránsito de la vida aparece serpenteante, cargado de emociones, sentimientos y experiencias, determinado por la llegada de la muerte, que de improviso, nos visita para concluir el ciclo vital de todo ser en este planeta.

De pronto, nos sentimos infinitos, todopoderosos, infranqueables, únicos seres de la creación en un universo inconmensurable, regidos por principios filosóficos dogmáticos, sin dar cabida a cualquier otro concepto o definición que entre en contradicción con nuestra propia Habitamos una sociedad en crisis permanente, hoy, el hambre, la guerra y los conflictos sociales abundan. Los Gobiernos y Estados no dan cuenta de las necesidades de su población, el valor del dinero condiciona el existir de cada ciudadano; se impone una cultura del tener frente a aquellos desposeídos sin misericordia.

En otro ámbito, el calentamiento global, la destrucción de la capa de ozono, la extinción de especies, la tala del bosque y tantos otros, nos preocupa alarmantemente, ya que estamos heredando a nuestros hijos y nietos un planeta devastado.

Frente a tales conflictos humanos vitales, se nos aparece la figura de un niño nacido en Belén, quien prometió una vida plena en un reino lejano, en otra dimensión y quienes profesamos la religión cristiana aguardamos por esta invitación para después de la muerte. Entonces, la palabra amor y solidaridad cobran preciosa vigencia ante una convivencia en armonía y paz de unos y otros. El niño Jesús predica desde el ejemplo. Nació pobre y humilde, adorado por los pastores y reverenciado por tres Reyes Magos. Esta próxima navidad, debemos reclamar la sencillez de aquel quien nos vino a salvar del pecado que es la muerte en este tránsito por la vida.

Vida y muerte se hermanan, principio y final de una existencia, si otorgamos valor a una vida eterna, podremos alcanzar parte de la plenitud ofrecida por Cristo Jesús.

Nuestra propia libertad nos permite creer o no creer, el libre albedrío del ser humano lo sitúa en la posibilidad de asumir la fe cristiana, u otra creencia, sin estar obligado, ni sentenciado a la Fe; más, cuando el pequeño universo conocido se nos hace conflictivo y problemático, recibimos la bendición del Espíritu para enfrentar los problemas, conflictos y dificultades de acuerdo a nuestro lugar preciso en el tiempo y el espacio. Ejemplo de vida abundan en la historia humana, de aquellos que trascendieron el ámbito real y concreto para observar el mundo desde un sentido sublime, de amor al otro y entrega absoluta por la construcción de un Nuevo Reino y una nueva vida. Ante ésta aseveración podemos mencionar a San Francisco de Asís y al Padre Alberto Hurtado, hombres que dieron todo de sí por el prójimo para construir una mejor sociedad y un mundo mejor.

Aprovechemos cada segundo de vida para ser felices, para disfrutar las maravillas sembradas en tierra fértil, el manjar de una lluvia cálida, el estruendo de un volcán, la placidez de un arcoíris o el gorjeo sinfónico de las aves. Este segundo de vida reciente nos ofrece plenitud, aunque estamos ciertos que puede ser el último de nuestra existencia.

Disfrutemos el tiempo de ocio para atesorar un espíritu en paz, admiremos el horizonte que nos corresponde mirar desde nuestra ventana, apaguemos el televisor y los teléfonos, demos paso cansino a nuestro andar para disfrutar la caminata, reguemos el jardín con gotas de plata, abracemos a nuestros seres queridos y todo aquel que está a nuestro lado.

Después de la muerte, sólo aguardará nuestro recuerdo, aquella herencia que donamos a este planeta, nuestro amor por sobre todo lo creado y cada palabra pronunciada con afecto hacia aquel que nos escucha. Qué el Niño Dios sea nuestro ejemplo a imitar.

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