Viaje al centro de la injusticia

El lugar exacto de las quemas ha sido ubicado recientemente, pero el lodo impide el acceso por lo que permanecemos junto a la fosa principal escuchando los testimonios de las familias campesinas expulsadas del sector por los alemanes y los militares.


Es mediodía. La humedad y el frío calan los huesos. Avanzamos en medio de la impresionante naturaleza que rodea el estrecho camino hacia el sector Chenco, al interior de Colonia Dignidad. A la cita anual por el Día del Patrimonio ha acudido un centenar de familiares y amigos de detenidos/desaparecidos desde Santiago, Talca, San Javier, Linares y Parral. Jóvenes y adultos mayores comparten el día gris y el maravilloso paisaje de la cordillera nevada y silenciosa.

A duras penas los vehículos acceden lo más cerca posible de las fosas donde estuvieron los cuerpos de los asesinados durante un tiempo. Exactamente hasta 1978 cuando la dictadura ordena llevar adelante la operación Retiro de Televisores y los restos son exhumados y luego quemados. No sabemos sus nombres ni cuantos fueron. Pero los testigos dicen que realizaron esta siniestra labor durante una semana. El lugar exacto de las quemas ha sido ubicado recientemente, pero el lodo impide el acceso por lo que permanecemos junto a la fosa principal escuchando los testimonios de las familias campesinas expulsadas del sector por los alemanes y los militares. “Llegaron con armas y nos obligaron a abandonar la casa con lo puesto”, narra una de las mujeres. “Después le prendieron fuego a la casa, todavía quedan algunos restos donde estaba el parrón”, agrega otra, conmovida. Un silencio sobrecogedor es la única respuesta a su dolor e impotencia. “Le pedimos al Estado que haga justicia”, escucho con escepticismo. Los jóvenes hacen preguntas. Los integrantes de la recién formada Asociación por los Derechos Humanos de Parral exigen que se expropie el recinto y se destine a un Parque por la Paz y los Derechos Humanos. Los copihues acompañan las intervenciones desde la floresta. “Quemaron sus cuerpos, no su Memoria” afirma el letrero que sujeto junto a varios manifestantes.

Regreso al vehículo traspasado de frio e impotencia. Un café me devuelve la sonrisa y conversamos con un par de colegas sobre el pasado y el posible futuro del enclave. Mi amigo Jomi me habla de un bello documental sobre Juan Maino, detenido en Santiago junto a una pareja de amigos. Sus huellas se perdieron en la Colonia. Promete enviármelo. Un señor de edad avanzada también me habla de Juan y me pide el cartel con su rostro para llevarlo durante el resto de la manifestación.

Cae la tarde sobre el inmenso predio. Algunos turistas se desplazan en sus vehículos mirando nuestros carteles con curiosidad. La bodega de papas se erige ahora solitaria y sin los estremecedores gritos de quienes fueron interrogados por los verdugos de la dictadura. “Todavía cantamos” emerge vacilante de las gargantas. Allí los mantuvieron por semanas y meses tratando de aniquilar su resistencia, de destruir su valor, atropellando todos los derechos consagrados en los Tratados Internacionales. Depositamos claveles bajo la placa que declara el lugar como Sitio de Memoria. “Yo te nombro libertad” repiten las voces trémulas mientras el sol se esconde y las tinieblas se apoderan de la Colonia. Nos retiramos silenciosos, impactados, sobrecogidos. “Es peor que la película”, comenta una de nuestras compañeras de viaje. “Chile limita al centro con el horror”, pienso. Y siento deseos de llorar.

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