Prefiero la vida, prefiero el amor

A veces, vamos dando tumbos por la vida sin razón aparente, (…) miramos el futuro incierto y esto nos asusta, nos descompensa; entonces, atrevidos, desechamos la vida, nos abandonamos a la suerte del destino.


Prefiero la tierna mirada de un niño recién nacido, las frutas de la temporada, la música de un concierto, el piar de las aves, la delicadeza de la lluvia, mi cordillera, el amor en un beso y mi sur milenario. Amo la palabra precisa y el verso justo, el rumor de la noche bajo un panal de estrellas, un trago de agua dulce, la siembra en la huerta.

Mientras despierto, en la comisura de la ventana, se me aparecen los primeros rayos del sol despeinándose en colores múltiples, la luna escapando hacia tierras lejanas, un motor que interrumpe la quietud, perros lloriqueando a lo lejos, territorio en movimiento, vigilia natural en un cuerpo prestado, dulce almíbar de miel y azúcar, tierra fértil, golondrinas en verano. Se apaga la oscuridad, aguardamos nuevos desafíos, desplegamos el conocimiento como virtud trascendente, servimos el café a la mesa, el día regala su anuncio de tareas por comenzar.

A veces, vamos dando tumbos por la vida sin razón aparente, perdemos la brújula y el astrolabio, se anuncia una tempestad siniestra, el corazón parece detenerse en su afán prioritario, miramos el futuro incierto y esto nos asusta, nos descompensa; entonces, atrevidos, desechamos la vida, nos abandonamos a la suerte del destino.

Reír nos hace bien, escuchar, atentos, al semejante quien transita a nuestro lado, elegir la paz y la esperanza como herramientas de sana convivencia, aceptar las derrotas como aprendizaje vital, mitigar el horror del hambre en el mundo, atender al desvalido y minusválido, regar el jardín, navegar el océano hasta el confín del espacio, sembrar ilusiones, cosechar el trigo, aunar esfuerzos para construir una mejor sociedad y un planeta habitable.

En este tiempo moderno, las comunicaciones están al alcance de la mano, pero asumimos una existencia más individualista donde el diálogo y la charla amena parecen exiliados en nuestro diario convivir, ya no se narran cuentos antes de dormir, ya no se escucha al otro, dormitamos en la aldea digital sin tiempo, atareados en cien mil quehaceres, dueños del conocimiento y materialistas por definición.

Al dar una tarea por cumplida, se nos aparece el acierto de una buena obra, por tal, dedicar cada mejor empeño en la obligación del día a día nos sitúa como hombres y mujeres aferrados a construir un mundo nuevo para todos sin excepción.

Al parecer, “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque no debemos doblegarnos a tal premisa, pues el futuro se construye en el hacer del aquí y ahora, nuestras manos moldean la arcilla para que una obra de arte aparezca ante los ojos maravillados del espectador. Así, al caer el crespúsculo, podremos valorar nuestras acciones como buenas obras que nos dirigen hacia mejores tiempos. El pasado es experiencia que define el futuro, aguardo con fe cada obligación y trabajo en esfuerzo para alcanzar metas y propósitos.

En definitiva, prefiero la vida, prefiero el amor. Prefiero una tarde de ocio admirando el tránsito ordenado de las hormigas, mi siesta bajo un roble, la sandía madura, el pan fresco, el agua pura y cristalina, prefiero el silabario, “Cien años de soledad”, los versos de Gabriela y un quijote en cada pueblo. Prefiero Retiro, prefiero Parral.

Entonces, meditar en la intimidad del ser, en la profundidad de la razón es plegaria y oración, búsqueda, incansable, de sí mismo, una identidad propia y personal, desafío del siglo XXI para alcanzar la comunión entre hermanos, para establecer la armonía y concordia, el encuentro y la sabiduría como estandarte.

Cuando yo poeta ya no escriba, cuando el universo sea pequeño, riega las sílabas que aún no crecen y escribe versos nuevos.

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