¿Por qué deseamos vivir?

Un difícil cuestionamiento, que bordea, meridianamente, frente a los valores, la templanza y la misericordia, solidaridad esquiva, amor fantasioso, predominio del materialismo y un individualismo feroz.


Cuándo la vida se pone en riesgo, cuándo nos acercamos, debido al paso de la edad, más al momento de nuestra muerte, es común cuestionarnos: ¿por qué y para qué vivimos? De tal manera nos aferramos a esta existencia que buscamos cura a cada una de nuestra enfermedades, dedicamos, cada mejor empeño, en resguardar este bien tan preciado y tan delicado, expuesto, a cada instante, al vértigo de un accidente, a la casualidad, al destino, a un plan maestro objetivado por el universo infinito o en proceso (depende del punto de vista científico como entendamos la inmensidad del todo) o simplemente, confiados, para quienes somos cristianos, en el designio de Dios quien proclama su voluntad.

Hoy, deseo vivir, compartir con mis más cercanos, quizás, sembrar alguna semilla en mis estudiantes dados en encargo, apreciar las maravillas florecer, disfrutar mi cordillera, defender al sur frente al norte depredador, escoger algún amanecer de primavera para inspirar algunos versos o recostarme sobre el crepúsculo, como lo hizo el padre de los poetas Don Pablo Neruda; hoy, me propongo beber un vaso de agua fresca y cristalina que aún protegemos sobre la tierra, mirar el huerto florido de frambuesas que reposa frente a mi ventana o los encinos que juguetean, allí bien a lo lejos.

Un motor interrumpe la quietud, me asienta en el mundo moderno, aquí donde viajamos apresurados hacia cualquier parte, cuando no hay tiempo, cuando las carencias y las necesidades abofetean a los más pobres del mundo, mientras nos hemos acostumbrado a requerir de todas las cosas, cientos y miles de cosas que acumulamos sin control porque nos bombardean con publicidad y marketing, para crear ansiedad por poseer y adquirir todo aquello que la aldea global, produce sin misericordia.

Entonces, por qué vivir? Un difícil cuestionamiento, que bordea, meridianamente, frente a los valores, la templanza y la misericordia, solidaridad esquiva, amor fantasioso, predominio del materialismo y un individualismo feroz. Por tal, me vuelvo a cuestionar: ¿Para qué vivir?

Vivir para cumplir la voluntad de Dios, para quienes somos cristianos, o para ser buenas personas o para ayudar a esta sociedad a crecer y desarrollarse con equidad ante la distribución de la riqueza, para educar a nuestros niños y jóvenes, para facilitar la vida de quienes menos poseen, para resguardar nuestro planeta, para disfrutar ejecutando nuestra tarea u obligación, para mirar a los ojos transparentes de bondad de un recién nacido y para estar ciertos que la muerte se nos aparecerá de improviso, sin previo anuncio y nos conducirá a una nueva vida, más plena y más feliz.

Puedo señalar que disfruto este instante precioso cuando mi mente liga palabras una tras otras igual como mi abuela tejía el Crin en Rari o mi otra abuela trenzaba las espigas de trigo para fabricar una chupalla o como mi padre ordenaba los álamos majestuosos que luego fueron un pequeño fosforito o como mi madre fabricó las mejores mermeladas que he degustado en mi vida. Todos somos un eslabón en la cadena, el aquí y entonces da sentido a la vida.

Ruego que este oasis de vida en la galaxia no desaparezca, que no nos auto destruyamos, que asumamos conciencia del cristalino don obsequiado a nuestra existencia para construir un mundo mejor, una mejor sociedad, un mejor país y una mejor familia. Ruego por aquellos que sufren sin sentido porque su vida no posee virtud ni valor, ruego porque las nuevas generaciones reparen nuestros desacierto y corrijan nuestros errores, todos tenemos derecho a vivir y poseer un por qué y para qué vivir.

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