Nuestro poderoso “segundo mundo”: Visión casi surrealista.

Tras la realidad de lo que somos, se esconde un segundo mundo, mágico, sorprendente, hermoso, surrealista, pero también cruel, perverso, insensible.


Una persona es lo que es, con sus virtudes y defectos, es lo que todos vemos. Pero en el fondo de su esencia, se esconde un ser maravilloso, soñador, bondadoso, con capacidad de amar al prójimo, casi divino. Y en su segundo mundo está presente también la envidia, el egoísmo, la maldad, el odio, el desamor, la falsedad e hipocresía, todo en su máxima expresión, faltando solo las condiciones necesarias para que estos rasgos se manifiesten.

Es lo que los grandes pensadores reconocen como “desdoblamiento”, otros lo sindican como la capacidad de adaptación a las circunstancias. Llámese como se llame, es importante estar atentos a estos signos del comportamiento humano, que en muchos casos favorecen la armónica convivencia, como también en otros empeoran y deterioran las relaciones interpersonales.

Llevado a un plano social, esta es uno de los motivos por los cuales nuestra sociedad mundial atraviesa por el peor momento de su Historia: terrorismo, tráfico de drogas y guerras no son sino el reflejo del permanente cambio de comportamiento de los seres humanos, quienes no han podido controlar la manifestación de la fase negativa de su “segundo mundo”, ocasionando desastrosas y funestas consecuencias que han traído mucho dolor y sufrimiento, especialmente a los seres más indefensos.

A todo lo anterior, agreguemos el “relativismo moral” en el cual se haya sumergido el planeta, que sumado a un descarnado y cruel consumismo, han conformado la fórmula perfecta para llevar a la Humanidad a su inminente autodestrucción.

Aun así ante esta surrealista visión, los seres humanos no debemos perder la capacidad de creer en un mundo mejor, de tener mucha esperanza en que la fase positiva de nuestro segundo mundo pueda tarde o temprano aflorar en beneficio de la paz, la verdad, la justicia y la belleza. Ello dependerá de cada uno de nosotros, en la medida en que día tras día podamos cultivar los rasgos positivos de nuestro portentoso “segundo mundo”.

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