Nuestra Aura y sus tonalidades

El aura de un ser humano se compone de energías de diversas tonalidades de color, que giran, en elipses de irradiación, tanto alrededor del ser humano como –después de los días terrenales del individuo- alrededor de su alma desencarnada.


Tras la muerte el cuerpo astral sale de la envoltura mortuoria es decir del ser humano. El cuerpo astral es un cuerpo invisible que sobrevive a la muerte del ser humano y es calificado también de alma o cuerpo del alma, y el fluido energético que en su día había rodeado al ser humano y que ahora es la irradiación del cuerpo del alma, también es denominado aura o corona. El aura de un ser humano se compone de energías de diversas tonalidades de color, que giran, en elipses de irradiación, tanto alrededor del ser humano como –después de los días terrenales del individuo- alrededor de su alma desencarnada.

Las diversas tonalidades de color del aura en las almas desencarnadas se componen de fuerzas energéticas. Éstas son el contenido de los sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y obras del ser humano de antaño, que al instante se reflejaban en su envoltura de irradiación y ahora forman la corona del alma. Mientras el alma se encuentra en el ser humano, las tonalidades de color se transforman a cada instante, correspondientemente a cuáles y cómo sean los sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y obras del ser humano.

Así son las cosas en la Tierra, que es el nivel de sustancia más denso, y en las esferas cercanas a la Tierra del cosmos material y del universo de sustancia sutil. El origen de toda vida es sin embargo el Reino de Dios de sustancia sutil. En el SER eterno no hay ni seres humanos ni almas. Los seres puros del Reino de Dios han sido visualizados y creados a partir del Espíritu eterno universal, el principio Padre-Madre, y son los hijos e hijas de Dios, del único Padre eterno universal, que también personifica espiritualmente al principio materno.

La corona de un ser puro se mueve por tanto en las siete fuerzas básicas incargables del SER eterno, que a su vez contienen en sí mismas todas las demás fuerzas básicas. También el aura, el fluido del ser humano y a la vez del alma inherente a él, irradia en siete veces siete fuerzas energéticas. No obstante en el ser humano éstas tienen cargas de acuerdo a sus modos de comportarse. El fluido, el aura, la irradiación del ser humano, cambia cada instante, y esto sucede a diario. Dicho con otras palabras: el aura, la corona del ser humano, está sometida constantemente a cambios, ello se debe a los incesantes sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y actos de la persona.

Cada una de estas expresiones de su vida está llena de contenidos y éstos contenidos conforman el carácter individual y el valor específico de las actividades humanas. Lo que por consiguiente el ser humano introduce en sus sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y actos es lo que le marca a él, al ser humano, y a su alma. El reflejo global de ello es el aura.

Tras la muerte el alma se retira del cuerpo. Ella está marcada por todo lo que el ser humano ahora fallecido ha introducido de negativo en su interior, porque las introducciones, las formas de comportamiento del que fue un ser humano, están también registradas en el alma. Estos rasgos específicos forman entonces la impronta del alma y su aura, su fluido.

El ser humano puede diariamente y a cada instante actualizar y posicionar su comportamiento, dándose por tanto un nuevo rumbo, decidiéndose por seguir un estilo de vida positivo o negativo. Lo positivo que el ser humano pone en práctica en su forma de pensar y de vivir, le hace más pacífico e interiorizado, y a su alma más luminosa. Pero también lo negativo marca al ser humano, sólo que nublando su consciencia y oscureciendo su alma. Ambas cosas, lo luminoso y lo oscuro, son el resultado de las formas de comportamiento del ser humano, las pautas que se reflejan en las tonalidades de color del aura.

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