Nadie puede cargar sus frutos sobre otro. Cada uno lleva los suyos

En la Tierra los hombres son conducidos para encontrarse, a fin de resolver y purificar juntos lo que el uno ha causado al otro, o ambos entre sí.


Las almas vienen y se van, entran en la carne y la abandonan. La Tierra es pues una especie de estación de tránsito para mendigos y reyes, para todas las almas cargadas. En la Tierra los hombres son conducidos para encontrarse, a fin de resolver y purificar juntos lo que el uno ha causado al otro, o ambos entre sí. El mismo principio rige también en los ámbitos de las almas, sin embargo, en fases muy largas. También allí se encuentran las almas para purificar juntas lo que han causado en la Tierra siendo hombres. Que el alma en el Más allá o como hombre aquí en la Tierra reconozca y enmiende o no lo que se presenta en imágenes o acontecimientos, dependerá únicamente del libre albedrío del alma y del hombre. Ni al alma ni al hombre se les obliga a purificar lo que está pendiente de purificar.

En los ámbitos de las almas y también cuando el alma se encuentra en un cuerpo físico, es decir encarnada, una culpa puede estar latente durante mucho tiempo hasta que es activada por la computadora causal y entra en erupción intensamente en el hombre en forma de sufrimiento y enfermedad, o en el alma como imágenes. Entonces el alma experimenta en su propio cuerpo de alma lo que ha causado siendo hombre, sin embargo como hombre lo vive en su cuerpo físico.

Antes de que el sufrimiento y la pena, aquello que el hombre ha causado estando en la Tierra, entre en erupción en su cuerpo de alma, se le dan muchos avisos y se le conceden muchos reconocimientos. También al alma se le dan impulsos de advertencia. Pero estos impulsos ya contienen la imagen de la acción cometida antaño que ya está empezando a doler. El alma en su interior, en su cuerpo de alma siente ya el sufrimiento de su prójimo. Si éste se encuentra como alma en los ámbitos de purificación, ambos serán conducidos a encontrarse y purificar el asunto. Si se encuentra en un cuerpo físico, el alma tendrá que sufrir entonces todo el dolor, a no ser que la persona afectada ya le haya perdonado. A pesar de todo, el alma tiene que madurar mediante el reconocimiento para experimentar que tales cosas o similares son pecaminosas.

Quien siendo hombre no quiera escuchar, tendrá que sentir, es decir sufrir, como alma o como hombre, lo que él mismo ha causado. Por ello, cada hombre es responsable por sí mismo de sus obras y de lo que siente, piensa, habla y hace. Es decir, él soportará lo que ha sembrado. Nadie puede cargar sus frutos sobre otro, cada uno lleva los suyos.

La persona despierta que se orienta a Dios, a una vida interiorizada, experimenta durante el margen de muerte cómo su alma se va retirando poco a poco, estimulando al hombre a una mayor interiorización. Es decir, la persona experimenta el paso paulatino del alma hacia mundos superiores y más luminosos. En el momento del fallecimiento el alma sigue viviendo conscientemente en sus percepciones, despierta y sensible. Entonces se encamina con seres luminosos hacia planos superiores, como ya lo ha hecho con frecuencia durante la noche cuando el cuerpo dormía.

A veces se oye decir que una persona ha tenido una “muerte dulce”. Con esto se quiere decir que no se ha dado cuenta de la muerte; que ha muerto como por sorpresa. Pero no nos engañemos, ¿quién ha sido esa persona? ¿Ha considerado la materia como la única medida de todas las cosas? Si ha sido así, su alma seguirá vegetando en cierto modo inconscientemente después de la muerte física, sin saber que ya ha abandonado su cuerpo terrenal. Esta ignorancia es una limitación que la ata a la Tierra y como un sonámbulo se va moviendo entre la familia, en su círculo de amigos, en su diario vivir de hasta entonces. Sigue haciendo como en sueño, aquello que siempre hizo siendo como hombre. Por ello no se da cuenta durante mucho tiempo de que ya no tiene su cuerpo físico.

Radio Santec
Juan Lama Ortega
www.radio-santec.com

A %d blogueros les gusta esto: