El valor incomparable de la persona humana

Hoy más que nunca se necesita escuchar la palabra moralmente autorizada en el mundo, para hacer que la paz y la tranquilidad vuelvan al corazón del ser humano.

El valor incomparable de la persona humana. Hoy más que nunca se necesita escuchar la palabra moralmente autorizada en el mundo, para hacer que la paz y la tranquilidad vuelvan al corazón del ser humano. Por ello, resuena con fuerza la palabra de JUAN PABLO II.

Al escribir la Encíclica “EVANGELIUM VITAE” (Carta sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana), el carismático Pontífice planteó: “Es una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Solo siguiendo este camino
encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!”.

“¡Que estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia! ¡Que lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesados por el bien de cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad…!”

“A todos dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos ofrecer a este mundo nuestros nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana, para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor”.

La Encíclica “Evangelium Vitae” fue promulgada por el Papa Juan Pablo II el 25 de Marzo de 1995, en el Decimoséptimo año de su Pontificado. En ella principalmente se plantean temas como el valor incomparable de la persona humana y las nuevas amenazas a la vida humana. Si revisamos su contenido, observaremos como 21 años después de su escritura, el ser humano aún se debate en el peligro del terrorismo despiadado, la guerra, la injusticia, la ambición desmedida, la discriminación, el desprecio casi absoluto a la vida humana en aras del “post modernismo” y su implacable lógica materialista.

Frente a lo anterior, nos llega fuerte la palabra esperanzadora de Juan Pablo II, quien en parte de esta Carta Encíclica, plantea:

“El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios”.

“Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario, todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales,, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones
ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido del Creador”.

Profundas palabras dignas de meditar en un momento tan difícil para la Humanidad, con conflictos bélicos de gran magnitud; con el flagelo del terrorismo azotando al mundo con extrema violencia; con la corrupción instalada en todos los ámbitos; con la frívola manipulación y uso político de las personas más desposeídas; con la Institución Familia disgregada y golpeada por el desamor, el abandono infantil, el materialismo, la cesantía y tantos otros factores.

En un momento histórico de crisis mundial generalizada, las palabras del Papa Peregrino suenan más potentes que nunca, invitándonos a la reflexión, al equilibrio, a la moderación, a la actitud humilde y solidaria. Juan Pablo II nos invita a reencontrarnos con nuestra raíz humana.

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