De la esperanza a la perplejidad

Debo aceptar con dolor que más allá de las apariencias, algunos presbíteros vivían una doble vida que contradecía frontalmente lo que declaraban en sus predicas.


Fui parte de los laicos que en los años 80 acompañaron a la iglesia católica en la búsqueda de justicia, la práctica de la solidaridad y el respeto a los derechos humanos. Fueron años de temor, esperanza y construcción de comunidades de jóvenes y adultos comprometidos con los valores esenciales del evangelio. El futuro parecía lleno de posibilidades si se asimilaban los duros aprendizajes de los errores que llevaron al golpe de Estado y los horrores desatados por la dictadura cívico-militar.

Conocí a sacerdotes y laicos que me impresionaron por su transparencia y honestidad. Con unos pocos he mantenido una amistad y afecto que ha resistido el paso del tiempo. Los últimos años me han sorprendido las informaciones que se han divulgado sobre personalidades como Cristian Precht, Miguel Ortega, el cura Jeremiah Healy. Debo aceptar con dolor que más allá de las apariencias, algunos presbíteros vivían una doble vida que contradecía frontalmente lo que declaraban en sus predicas. Por lo que el tema no se reduce a los Karadimas, O”Reillys y tantos otros, sino que sus raíces se hunden a mayor profundidad.

Con el alejamiento de los pastores que encabezaron la defensa de los derechos humanos y el nombramiento creciente de obispos de raigambre conservadora, la iglesia se fue desdibujando y se sumergió en la cultura del narcisismo, el silencio y el encubrimiento como lo ha denunciado el propio papa Francisco en estos días. Desde el principio las víctimas fueron desprestigiadas, se culpó a la prensa y se impuso un autoritarismo vertical afincado en la obediencia ciega a la autoridad de los obispos. Varios discípulos de Karadima fueron nombrados pastores gracias a oscuras influencias. Venían a reforzar el retorno de la Iglesia a la institución autoritaria, vertical y conservadora que había sido en el pasado. Cuando el escándalo de Karadima quedó al descubierto defendieron al depredador sexual y hablaron de una conspiración de los masones y los comunistas.

Hoy Chile no es el país soñado. La desconfianza ha permeado a todas las instituciones y la democracia sufre de un grave síndrome de deslegitimidad ocasionada por los propios gobiernos y los políticos que han ocupado el poder. Algunos reviven discursos anclados en los 60. Otros insisten en justificar o negar los peores crímenes dictatoriales.

Hay demandas históricas pendientes y han explotado las aspiraciones sectoriales.
Se perdió el norte de la solidaridad, la fraternidad, la verdad y la justicia. Se extravió el sentido de lo colectivo o su sinónimo el bien común. El poder y el dinero se han convertido en el fin último de todo. La iglesia defensora de los derechos humanos fue reemplazada por una institución defensora de dogmas, sin compasión por las personas de carne y hueso, los pobres y marginados del canon oficial. Actuó como encubridora de depredadores sexuales que deberían estar en la cárcel y trató a las víctimas como enemigos.

Como saldrá de esta crisis gigante y si podrá recuperar su alicaído prestigio y credibilidad es una interrogante que sólo el tiempo podrá responder. Un cambio urgente de rostros, estilos y cultura institucional es la única opción.

Los sueños de nuestra juventud se han ido y han sido reemplazados por la perplejidad.

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