Agradecer la paz y el encuentro

Asumir la vigencia de cada nuevo día como un obsequio y regalo del alto cielo, puede conducirnos por senderos de verdad, compromiso y lealtad consigo mismo y en relación con el otro…


En el rotundo devenir de los acontecimientos, cada día tiene algo especial. Cada día nos enfrentamos un nuevo desafío, debemos procurar atender las necesidades que nos indica nuestra tarea y labor en la sociedad en que vivimos, todo depende de variables que no podemos dominar, la vida tiene mucho de inesperada y casual, un continuo suceder de hechos que dan sentido a la existencia, relaciones sociales, encuentros y múltiples obligaciones que moldean nuestro ser, el espíritu y una sicología particular.

Entonces, asumir la vigencia de cada nuevo día como un obsequio y regalo del alto cielo, puede conducirnos por senderos de verdad, compromiso y lealtad consigo mismo y en relación con el otro, con aquel que me encuentro a cada rato, una y otra vez, pues el mi vecino, Estamos obligados a vivir. Vivir hasta cuando el Padre, en su plan perfecto, me llame a su reino de paz y encuentro.

La risa distraída de unos jóvenes a la distancia llaman mi atención, la humildad de quien pide ayuda a la salida del supermercado, el empeño del artesano para crear una obra única que represente su carácter y habilidad, el compromiso del estudiante para lograr aprender su materia y resolver los problemas que le propone la escuela, la resignación de quien pierde la vista y debe aceptar la oscuridad en sus ojos e ir por el mundo a tientas, el sabio consejo del anciano a su nieto después de años de experiencia, el desafío de aprender a hablar del niño pequeño, el tránsito permanente del clima que trae agua y lluvia o el tibio calor en primavera. Entonces, cuando miro alrededor, me doy cuenta de la magia con que se suceden los acontecimientos de la vida sobre este planeta, me doy cuenta que no vale la pena ir sufriendo la pérdida o demostrando ira entre la muchedumbre de la ciudad o que en el campo abierto puedo mirar más allá de lo cotidiano y contingente.

Debemos agradecer la paz y encuentro, quizás quisiéramos una paz permanente y absoluta pero no podemos asegurar el para siempre, quizás el encuentro puede ser triste y poco grato, pero podemos mejorar. Quizás, la emoción de un día claro se nuble con el aguacero descomunal, quizás la armonía sea pasajera, una canción que dura tres minutos, pero en la pequeñez de un instante se puede transformar el mundo, en el suspiro de muerte que ataca al moribundo, se concentra la totalidad de toda una vida.

Si la paz sufre atentados cotidianos y permanentes, si el encuentro produce amargura y desazón, podemos, en sigilo, velar por su completo advenimiento, desear alcanzar la plenitud de la paz y el encuentro como valores trascendentes y primarios para que la relación con los semejantes sea en armonía y comunión.

Siembra sonrisas a tu alrededor, escucha, atento, al desvalido, sé solidario y caritativo, que tus palabras no ofendan, que la confianza, el aprecio y la templanza sean tus banderas de lucha, que enseñar sea una labor de los padres comprometidos, que la conformación de una auténtica personalidad sea una labor constante y sistemática que paso a paso, el niño y el adolescente, va aprendiendo, poco a poco, que el adulto se transforma en un referente para las nuevas generaciones, por lo cual no puede obviar esta vital responsabilidad.

La paz y el encuentro es un valor fundamental para alcanzar una sana convivencia en la sociedad, así podemos atender la consecución de una comunidad que camina hacia el desarrollo sustentable, al respeto de los valores que proclaman los diversos puntos de vista que nos aglutinan en torno a las mejores decisiones para el mundo donde nos corresponde vivir.

Si entregas paz y encuentro a los otros, de seguro, recibiremos, como recompensa: Encuentro y paz en la sociedad. Que, en los próximos años por venir, la sociedad, en conjunto podrá señalar: Estamos de acuerdo y anhelamos un futuro mejor para todos y cada uno. Este planeta nos requiere como raza y especie, dotados de una inteligencia superior, lo que determina nuestro actuar y comportamiento en sociedad.

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